Cada uno de nosotros tiene hambre de Dios. Dios mismo la puso allí, y nunca será satisfecha con nada ni con nadie más que con Él.
Por desgracia, no siempre lo creemos. Intentamos satisfacer esa hambre con todo tipo de cosas, personas y actividades, pero nunca funciona. Nunca estaremos satisfechos sin Dios.
No tenemos que conformarnos con un cristianismo rutinario y aburrido. Podemos seguir adelante y crecer con Dios cada día de nuestra vida. No más monotonía. No más frustración. No más jugar a la iglesia. Lo real. Lo conseguimos manteniendo el hambre.